inside llewyn davis

Inside-Llewyn-Davis

decía pauline kael que las peores películas de un director talentoso eran aquellas en las que repetía sus constantes: esto era evidente porque las cintas son tan malas que no hay mucho más que ver (circles and squares, film quarterly, 1963). aunque la afirmación bien podría resultar cierta en algunos casos —pensemos en las películas más deficientes de woody allen, que resultan poco más o poco menos que un compendio de sus peores mañas como creador—, en otros resulta estrepitosamente errada. existen directores que saben mantener sus señas autorales sin convertirlas en un lastre; es más: existen directores que saben mantener sus señas autorales y siguen creando obras interesantes. en esta última categoría podríamos insertar a la última cinta de ethan y joel coen.

inside llewyn davis presenta varias constantes del cine de los hermanos coen: abundantes personajes secundarios, final abierto a interpretaciones; hombres con poder detrás de escritorios, ciertos actores con los que gustan trabajar; un protagonista desorientado, rebasado por las circunstancias. en ese sentido, llewyn davis, el talentoso cantante de folk neoyorquino que deambula por el greenwich village, no es tan diferente a barton fink, el mediocre escritor neoyorquino que deambula por hollywood en barton fink. las huellas autorales están allí, pero en este caso no funcionan solamente como indicadores de la presencia del autor, sino como elementos independientes que cobran sentido en la misma película.

el devenir de llewyn davis comienza con una presentación en el gaslight café, famoso por albergar a algunos de los primeros exponentes del nuevo folk americano de principios de los ’60. la cámara se concentra en un micrófono solitario mientras se oye una guitarra que toca unos primeros acordes y un público que cuchichea en voz baja. llewyn interpreta hang me, oh hang me —una tradicional canción del género— ante una audiencia de la época. allí sabemos con tan solo verlo que llewyn en efecto es un tipo talentoso; su interpretación luce sentida, auténtica. hay silencio —estaba prohibido aplaudir de forma estruendosa en el gaslight café— y columnas de humo de cigarros que parecen contagiar a la cinematografía —a cargo de bruno delbonnel—, que luce grisácea, como si se proyectara bajo la pálida luz de un amanecer. esta es una constante en la cinta: cierta palidez, alguna especie de enrarecimiento; esto podría servir como un refuerzo a la imagen de un personaje protagónico rebasado por las circunstancias. a llewyn la existencia le sobrepasa, y los colores de la película parecen reflejarlo.

inside llewyn davis es una película minuciosa, y esto redunda en beneficio para el espectador: el encuadre está persistentemente provisto de interés. en un momento en que el cine hollywoodense de grandes presupuestos está poco concentrado en crear películas bellas, esta cinta funciona como destacado contrapunto a esa tendencia: la cámara está dispuesta con una inusual atención al detalle, procurando siempre la composición y, de paso, la exhibición de su minuciosidad. en llewyn davis es posible ejercitar el ojo todo el tiempo, porque en cualquier momento hay algo interesante qué mirar.

ambientada en 1961, la película no descuida su ambientación en ningún momento: es posible ver viejos cafés con gente fumando en su interior —vaya melancolía la que despierta en los fumadores asiduos— o el interior de antiguos vagones de metro. incluso en escenas en exteriores es posible percatarse de este detallado: las calles presentan viejos afiches, antiguos modelos de bicicleta y fachadas de edificios de la época. bajo su pálida luz, es obvio que estamos ante una visión romántica o al menos cariñosa del nueva york de hace cincuenta años. el rigor de la ambientación de inside llewyn davis es tal que parece buscar la creación de una película perfecta en ese rubro; la efectividad de este rigor es tal que no resulta exagerado decir que lo logró —o que está muy cerca de lograrlo.

no carente de humor —véase si no el segmento del viaje, con un sensacional john goodman en el papel de un músico drogadicto—, inside llewyn davis podría ser lo mismo sobre el éxito que sobre el fracaso. (acaso no se pueda hablar de una cosa sin hablar, de alguna forma, de la otra.) llewyn se esfuerza, lo intenta en múltiples ocasiones; hace un viaje—una odisea como la de ulysses, el gato que perdió, y como la de ulises, el héroe de la odisea— buscando el triunfo, pero sólo obtiene un boleto de ida hacia el fracaso.

“si nunca fue nuevo y nunca envejece, entonces es una canción folk”, dice davis a su audiencia en su presentación final, despertando risas. como en muchos otros finales de películas —una constante del cine hollywoodense más clásico—, los minutos cercanos al desenlace sirven para que el director hable un poco a su público. estas palabras bien podrían definir a la cinta, reelaboración e interpretación de antiguos mitos que, en las manos adecuadas, nunca saben a viejo. visto así, inside llewyn davis es la canción folk de ethan y joel coen, y ha sido interpretada con maestría.

publicada originalmente en el número 28 de la palabra y el hombre, revista de la universidad veracruzana.